


Y al fina... Nada era tan grave.
Y al final, nada era tan grave
Lunes.
Resaca emocional.
De las que no se curan con café, sino con silencio.
Escucha activa. Personas que no conoces y, aun así, respetas. Gente con kilómetros encima. De esos que no salen en Google Maps, pero pesan. Y entiendes algo sencillo:
No controlamos nada.
Nada.
Viene porque viene. Y punto.
Nos empeñamos en empujar puertas que no son nuestras. En forzar tiempos. En interpretar señales como si el universo nos debiera explicaciones.
Pero no.
Cuanto menos quieres, más aparece.
Cuanto más buscas, menos encuentras.
Te metes, te metes… y cuando te das cuenta, ya estás dentro.
Todo es reversible. O casi todo.
Salvo el maltrato. Salvo la maldad consciente.
Equivocarse no es ser malo.
Ser malo es elegir herir. Elegir humillar. Elegir despreciar.
Y eso no es destino. Es carácter.
Lo demás… se puede recolocar.
Hada.
Qué curioso cómo alguien puede aparecer tantas veces sin haber estado nunca.
No fue química.
No fue magia.
No fue nada de esas palabras grandes que nos encantan.
Fue momento.
Primero Lolo. El cumpleaños de Inma. Yo trabajando. Luego el mar. Un baño rápido. El último quizás, si el sol decide marcharse. Y ahí, otra vez, el cruce. El alineamiento. Sin épica. Sin fuegos artificiales.
Solo coincidencia.
Y ya me conozco.
La novedad me dura lo que tarda en asentarse la realidad.
Unos días.
A veces menos.
Por eso camino.
Porque caminar coloca las cosas en su sitio.
Las personas también.
Andar revela.
Hablar andando revela más.
Ahí entendí que no.
Que no era el momento.
Que no era el encaje.
Cuando alguien te dice que la incertidumbre del autónomo no va con ella, no está hablando de economía. Está hablando de vértigo. Y yo, ahora mismo, soy vértigo.
No hubo drama.
No hubo reproches.
Ni siquiera hubo deseo real.
Solo un cigarro.
Y el sol en su cara.
Hacía tiempo que no veía un rostro tan bonito al sol.
Y eso también se puede reconocer sin que signifique nada.
Porque no todo lo bonito está hecho para quedarse.
Se fue diluyendo lo del domingo mientras avanzábamos.
Como se diluyen las canciones cuando ya sabes el final.
Y, sin embargo, me sirvió.
Para despedirme de algo más grande.
Para levantarme sin esperar un mensaje.
Para asumir que el interés se nota.
Y que el silencio también habla.
Duele.
A veces mucho.
A veces lo justo.
Pero pasa.
Y aquí viene lo importante:
He podido querer sin miedo.
He podido decir “te quiero” sin sentir que me estaba traicionando.
He podido cuidar sin perderme.
Eso antes no lo sabía hacer.
Gracias por eso.
Gracias por hacerme entender que mi forma de querer no está equivocada. Que no soy demasiado. Que no soy poco. Que soy así.
Ahora vuelvo a celebrar cosas pequeñas.
Vuelvo a bailar. Aunque sea solo.
Sin miedo a pisar a nadie.
Me siento hogar.
Y no desde la necesidad.
Desde la elección.
Con las ventanas abiertas.
Con las canciones terminadas.
Sin repetir estribillos que ya no dicen nada.
Gracias por ser hogar un tiempo.
Y al final…
no era para siempre.
Era para aprender.
Que te vaya bonito.
@Frank_Santander